¿Puede una persona salir de las drogas, el alcohol y una vida completamente destruida? Henry Morales cuenta en primera persona cómo era su vida antes de llegar al Centro Vida Nueva Navarra y cómo su encuentro con Dios transformó por completo su corazón, su familia y su futuro.
Este testimonio del Centro Vida Nueva de Navarra refleja una experiencia real de rehabilitación, restauración y esperanza para quienes buscan una nueva oportunidad.
Mi nombre es Henry Morales, tengo 29 años y soy de Colombia. Soy el menor de nueve hermanos. Cuando tenía tres años, mis padres decidieron separarse. Al ser tan pequeño, crecí sin una figura paterna. A los 13 años entró en mi vida el mundo de las drogas. Comencé consumiendo marihuana, cocaína, pastillas y tabaco. Me hundí tanto en ese mundo que incluso llegué a consumir pegamento para zapatos. El alcohol, las fiestas y las mujeres también formaban parte de mi vida. Detrás de todo esto llegaron una serie de consecuencias terribles que marcaron profundamente mi vida. Empecé a coger lo que no era mío, a robar, a involucrarme en pandillas y a vender droga. Perdí varios años seguidos en el colegio y, como consecuencia de mi comportamiento, me echaron de casa cuando tenía entre 15 y 16 años. A partir de ese momento comencé a trabajar con un tío. Después trabajé en la construcción, en una zapatería, fumigando y en muchos otros empleos. Sin embargo, nunca duraba en ninguno porque me despedían por borracho, por ladrón, por violento o por perezoso. Y, para mí, todo esto era normal. Me sentía feliz viviendo de esa manera y no la cambiaba por nada.
"Llegó un momento en que nadie quería estar cerca de mí. Me había convertido en una persona de la que todos se alejaban."
A los 19 años me fui a Brasil con la ayuda de un hermano, con la esperanza de que mi vida pudiera cambiar en ese país. La verdad es que lo intenté, pero cada vez caía más bajo y hacía cosas peores, hasta el punto de llegar a robar a mi propio hermano. Solo pensaba en mí mismo; era una persona completamente egoísta. En Brasil conocí a una chica que quedó embarazada. Le di una vida que no le deseo a ninguna mujer. La dejé sola durante el embarazo, no la acompañé a ninguna ecografía y ni siquiera estuve presente en el nacimiento de nuestro hijo porque me encontraba borracho y drogado, algo que hoy me llena de vergüenza. La dejaba sola durante noches y días enteros porque me perdía en la calle, atrapado en mis vicios y en mis malas decisiones. Incluso tuvimos que mudarnos de ciudad por causa de los problemas que yo provocaba. Traicionaba a las personas que me tendían la mano y lastimaba a quienes intentaban ayudarme. Así viví durante cuatro años, hasta que ella se cansó y decidió dejarme, llevándose a nuestro hijo. Mi vida continuó de esa manera hasta los 25 años. Durante todo ese tiempo causé heridas muy profundas en muchas personas: familiares, amigos y seres queridos. Llegó un momento en que nadie quería estar cerca de mí. Me había convertido en una persona de la que todos se alejaban.
"Quería cambiar, pero no encontraba la fuerza para hacerlo."
Aunque por fuera aparentaba estar bien, por dentro me sentía muy mal. Pasaba muchas noches y días sumido en una profunda tristeza al ver en lo que me había convertido. También sentía una gran impotencia porque no podía dejar aquella vida. Quería cambiar, pero no encontraba la fuerza para hacerlo. Deseaba ser un buen padre, un buen hijo, un buen hermano, un buen amigo y una buena pareja. Quería ser un ejemplo para mi hijo, pero no sabía cómo lograrlo.
A los 25 años, una tía que vivía en España me habló de un centro de rehabilitación donde ella misma había encontrado ayuda para superar los problemas de su vida. Me invitó a venir al centro y, sin pensarlo mucho, acepté. Ingresé al Centro de Rehabilitación Vida Nueva, un centro cristiano. No llegué buscando a Dios; llegué buscando una salida a las drogas y a la vida de destrucción que llevaba. Los primeros meses fueron difíciles debido a mi profunda adicción, mi rebeldía, mi egoísmo y todo el daño que había acumulado en mi corazón. Sin embargo, en este lugar encontré paciencia, cariño, verdad, consejo y ayuda. A través de los responsables del centro, de los cultos y, sobre todo, de la obra de Dios en mi vida, comencé a cambiar poco a poco. Empecé a dejar atrás la mentira, la ansiedad por las drogas, la maldad y el egoísmo. Poco a poco, mi forma de pensar y de vivir fue transformándose. Con el tiempo, los cultos comenzaron a llamar mi atención y, en uno de ellos, Dios quebrantó mi corazón por completo. Ese día reconocí mis pecados, pedí perdón a Dios por la manera en que había vivido y le pedí que cambiara mi vida de una vez por todas. Ese mismo día recibí a Jesucristo en mi corazón y, desde entonces, todo comenzó a cambiar para bien por la gracia de Dios. Después de tres años completé el programa y recibí el alta del centro. Desde entonces, mi vida nunca volvió a ser la misma.
"Fue Dios quien me rescató cuando estaba perdido, quien hizo posible lo que para mí era imposible y quien transformó por completo mi vida."
Hoy, a mis 29 años, llevo cuatro años libre de cualquier tipo de droga, del alcohol, de las mentiras, de los engaños, de los robos y de todos aquellos hábitos que destruían mi vida. Dios me permitió restaurar mi relación con mi familia y pedir perdón a todas las personas que había lastimado a lo largo de los años. También me dio la oportunidad de recuperar la relación con mi hijo, hablarle con amor, aconsejarlo y convertirme en un ejemplo para él. Además, Dios puso en mi vida a una mujer maravillosa, a la que puedo amar, respetar y ser fiel. Hoy también puedo ayudar a otras personas sin esperar nada a cambio y servir con un corazón agradecido. Puedo mantener un trabajo con responsabilidad, cumplir con mis obligaciones y ser de ayuda en este precioso centro donde Dios me ha puesto.
Cuando miro hacia atrás y veo todo lo que era y todo lo que soy hoy, entiendo que nada de esto fue posible por mis propias fuerzas. Fue Dios quien me rescató cuando estaba perdido, quien hizo posible lo que para mí era imposible y quien transformó por completo mi vida.
¡Toda la gloria y toda la honra sean para Dios!

Gloria sea dada a Dios, a este Dios tan precioso, tan fiel, a este Dios de los imposibles, que nos ama con amor incondicional, que insiste hasta alcanzarnos. Agradezco a Dios Henry la tremenda transformación que ha echo en ti
ResponderEliminarRealmente Dios es poderoso y para Él no hay nadie imposible! Doy fe de que no te pareces a ese que relatas. Gracias por abrir tu corazón.
ResponderEliminarDios te Bendiga Hermano se te quiere mucho, y me alegra ver como el señor está obrando en tu vida 🙏
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