La Vida Nueva de Karina

 

Karina Sanchez

Mi nombre es Karina y, gracias a la intervención de Dios, hoy puedo afirmar que tengo vida, una vida nueva. Este es mi testimonio.

Tengo 25 años y nací en Honduras. Buscando ofrecernos un futuro mejor, mis padres se vieron obligados a emigrar a España, dejando en Honduras a mi hermano mayor, a mi hermana pequeña y a mí al cuidado de nuestros abuelos. Aunque ellos nos amaron profundamente e hicieron todo lo que estuvo en sus manos, guardo de aquella época un anhelo inmenso de volver a estar junto a mis padres. Finalmente, cuando cumplí siete años, nos reunimos de nuevo con ellos en Tolosa, un pueblo del País Vasco. Llegamos a un lugar donde tanto la cultura como el idioma eran completamente desconocidos, pero aprendimos con rapidez y logramos integrarnos en el colegio.

Recuerdo que me apasionaba el deporte y que era muy aplicada en los estudios. A los ojos de todos, era una niña “buena”: cumplía con los horarios que mis padres establecían, iba y volvía sola de las actividades extraescolares y me esforzaba por no decepcionarles. Sin embargo, ese temor a fallarles terminó llevándome a hacerlo. Comencé a ocultarles cosas y dejé de honrarles, lo que tuvo una profunda repercusión en mi vida. Perdí su confianza y dejé de compartir con ellos lo que me ocurría. Si me preguntaban, siempre respondía que todo estaba bien, aunque no fuera cierto. 

"Tienes una depresión crónica; no hay nada que podamos hacer. Debes aprender a vivir con ello"

Fue entonces cuando inicié una relación sentimental que oculté deliberadamente a mis padres. Lo que comenzó de manera aparentemente inocente se transformó en un auténtico infierno para mí. Viví una relación marcada por el maltrato físico y psicológico, algo que oculté hasta que mis padres lo descubrieron. Incluso entonces, cuando me preguntaban si estaba bien, seguía mintiendo. Desarrollando en mí un carácter independiente, pero también reservado y oculto, que no permitía que otros vieran lo que realmente estaba viviendo. Alejándome así del amparo y cuidado de mis padres. El maltrato se intensificó hasta dejarme sumida en una profunda oscuridad interior, llena de miedos y de heridas. Recuerdo noches sin poder dormir, atormentada por pesadillas. Tenía tanto temor que era incapaz de salir de casa sin compañía. Aunque estaba rodeada de personas que me amaban, me sentía profundamente sola, me aislaba, atrapada en un vacío que parecía no tener fin y del que nadie podía sacarme. Mis padres hicieron todo lo posible por ayudarme. Acudí primero a una psicóloga, que me repetía que yo tenía la fuerza para salir de aquella situación, pero no obtuvimos resultados. Posteriormente, acudimos a un psiquiatra y, tras varios diagnósticos, el último fue devastador: “Tienes una depresión crónica; no hay nada que podamos hacer. Debes aprender a vivir con ello”. Aquellas palabras hundieron aún más mi espíritu, y el deseo de dejar de vivir se volvió más intenso.

Recuerdo la voz desesperada y llena de amor de mi madre diciéndome: “Estoy orando por ti, hija; Dios te ama”. Sin embargo, yo pensaba: “Si Dios me ama tanto, ¿Por qué ha permitido que sufra así?”. Ese resentimiento me llevó a rechazar la mano que Dios me extendía para sacarme de aquel pozo profundo. Siguiendo el consejo de mi madre, ingresé en el centro de rehabilitación Vida Nueva. Al principio guardaba silencio, observando cómo las personas allí se respetaban, se amaban y se cuidaban mutuamente. Me sorprendía ver que, cuando alguien cometía un error, el perdón era inmediato; ¡nadie condenaba a nadie!

Allí me presentaron “al Dios de mis padres”, “el Dios del cielo que nadie ve”. Me hablaron de un Jesús que ¡murió por amor a alguien como yo!, y del Espíritu Santo que me daría el poder para superar aquello que hasta entonces no había podido vencer. Alguien me dijo que el Evangelio debía vivirse, y aunque jamás lo había visto encarnado, allí lo vi: hombres y mujeres que amaban sinceramente a Dios y lo demostraban con sus vidas. ¡Seguía sin entender nada! Me amaron sin juzgarme; recuerdo un abrazo sincero y tierno que sanó muchas de mis heridas. Me cuidaron, me enseñaron, me dieron esperanza y vida cuando yo no tenía nada bueno que ofrecer, cuando solo me sentía muerta por dentro.

Al ver a personas actuar como yo imaginaba que Jesús actuaría, comprendí Su amor y quise experimentarlo. Un día hice una sencilla oración, recibiendo en mi corazón a Jesús como mi Señor y Salvador. Estaba temblando, temerosa de poner mi vida en manos de alguien a quien no veía, pero una fe preciosa me llevó a los pies de Jesús. ¡Y me enamoré completamente de Él!

Hoy vivo una vida completamente nueva. Dios ha sanado mis heridas y puedo ser alguien firme en la defensa de la verdad

Hoy sé que Dios no me juzga, no me condena ni me impone nada. Jesús me ha transformado por dentro, ha disipado todo aquello que me hacía sentir tanta vergüenza, indignidad y culpa. Ha traído claridad a mi mente y paz a mi interior. Me ha hecho valiosa y aceptada, cuando antes solo me sentía profundamente marcada por mis errores. Me ha perdonado, y sigo experimentando ese perdón cada día.

Sin saberlo, tuve un encuentro real con Jesús. Ahora lo sé, Él sanó mis heridas, destruyó mis temores y me dio descanso: hoy puedo dormir en paz. Me otorgó propósito, identidad y el poder para silenciar las voces que antes me atormentaban. Antes no podía amar por miedo; ahora amo porque Él me amó primero, y puedo hacerlo sin esperar nada a cambio. Antes llevaba tristeza a los lugares que pisaba; ahora puedo irradiar luz, porque Dios ha puesto en mi corazón una alegría inefable y una paz que nada ni nadie puede arrebatarme. Y me ha dado la certeza de que soy una hija profundamente amada de Dios 

Como decía, antes escondía muchas cosas a mis padres y hacía como si todo estuviera bien, aunque por dentro no lo estuviera. Con el tiempo he aprendido que ser sincera —abrir mi corazón— me ayuda a no equivocarme, y que la obediencia, en vez de la independencia que busqué al tener una relación en secreto, trae libertad, dirección y cuidado. Ese cuidado se refleja en personas que me aconsejan con amor y sabiduría. 

Dios me ha dado un lugar en Su Iglesia y me ha rodeado de personas que realmente me aman. Él es Padre, y aunque no puedo verlo ni abrazarlo como a un padre terrenal, me ha regalado a alguien aquí en la tierra que refleja Su paternidad: una persona que me ama, me guía y me cuida como si fuera su propia hija, brindándome cobertura y amparo cuando no lo he tenido. No lo merezco, pero así es Dios: un Dios que cuida cada detalle.

Hoy vivo una vida completamente nueva. Dios ha sanado mis heridas y puedo ser alguien firme en la defensa de la verdad; ahora soy capaz de asumir responsabilidades que jamás habría imaginado poder llevar a cabo por mis miedos. Me ha permitido formar un hogar junto al hombre que amo, alguien que me cuida, me perdona, me protege, ampara y me honra, amándome como Cristo ama. Antes me parecía imposible confiar, amar y respetar así, pero Dios lo ha hecho posible.

¡Gloria a Dios! Porque sin Su intervención, hoy no estaría escribiendo esto, no estaría viva. Que Él reciba toda la gloria, la honra y la alabanza, porque para Él no existe nada ni nadie imposible.


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