Cristina Reyes

Mi nombre es Cristina Reyes y soy hija de los pastores de la iglesia de Vitoria, Julio Reyes y Angelina Semadeni. Desde pequeña siempre he estado rodeada de un ambiente relacionado con Dios, con unos padres que me enseñaban lo que a Dios le agrada, viviendo en medio de la iglesia y sirviendo en ella desde que tengo uso de razón. Desde cierto punto de vista parecía que tenía todo para vivir una buena vida, pero no fue así y Dios tuvo que venir a rescatarme y yo necesité tener un encuentro vivo, real y personal con Él. Me gustaría contar en este relato lo sucedido en este gran rescate y cómo necesité de una segunda oportunidad.

Cómo dije anteriormente, desde que nací viví rodeada de personas que amaban a Dios, en especial mis padres. Ellos siempre han sido fieles creyentes, serviciales y generosos. En sus vidas siempre se demostró el vivo ejemplo de Jesús y eso era lo que nos enseñaban con sus palabras y nos transmitían con sus vidas, a mí y a mis dos hermanos. Pero todo tenía que ver con mis elecciones y no siempre fueron buenas.

Es cierto que con nueve años tuve un encuentro real con Jesús. Estábamos en una campaña evangelística en Badajoz y por la gracia de Dios pude acudir a Su llamado y decirle que SI a Jesús. Quería lo Suyo y quería servirle, siempre fue el deseo de mi corazón. Me bauticé y asistí a todos los cultos, reuniones de jóvenes, teatros, salidas evangelísticas, campamentos, etc… no tengo el recuerdo de haber faltado a nada, ni tan siquiera de haber pensado no querer ir. Pero a la misma vez empecé a escuchar mis propios deseos, mis propias opiniones.

Veía cómo muchas veces no podía dar bien a mis hermanos, me salía el creerme superior a ellos. Nunca tuve problemas con el alcohol o las drogas pero había pecados en mi corazón como el orgullo, la independencia o la autosuficiencia; y aún peor, porque estaban camuflados bajo una capa de religiosidad. Esta mezcla explosiva iba creciendo cada día más, y cada vez más lo camuflaba bajo esa apariencia de falsa piedad o de servicio religioso. Y estaba cayendo en un engaño terrible.

Fui creciendo y me casé a los 28 años. Un esposo precioso pero que ha sido el medio que Dios usó (y sigue usando) para tratar mi carácter. Dios nos regaló tres hijos preciosos y amados pero que los estábamos llevando a la ruina por no vivir un evangelio verdadero en casa. Ambos, mi esposo y yo, siempre servimos en la iglesia, dirigíamos ministerios e incluso predicábamos; pero ¡Qué ruina para nosotros y nuestros hijos cuando veían que en casa se vivía de otro modo! En casa había malas caras, falta de amor, palabras deshonestas con doble sentido y pensadas para hacer daño al otro, correcciones a nuestros hijos con mucha dureza, enojos, rabias, gritos, peleas, etc… Mi actitud hacia mi esposo también era de superioridad, de desprecio muchas veces, de llevarle la contraria, de acusación si las cosas no salían bien. Pensaba que yo sabía hacer las cosas mejor que él y hubo días que pensaba que la mejor solución era separarnos. Parece mentira, pero es totalmente cierto, vivíamos una doble vida. En la iglesia con una cara y en casa otra; y nuestros hijos lo veían y estábamos creando unos monstruos. Para más desastre, la relación que teníamos con mis hermanos y cuñadas era horrible. Aparentábamos ser una familia pastoral “perfecta” pero nosotros estábamos llenos de envidias, celos y juicios contra ellos.

Ahora veo cómo el amor de Dios me ha perseguido toda mi vida y en esta ocasión fue aún más real. En aquel momento no lo entendí, lo entiendo ahora, pero la muerte de mi papá (el pastor Julio Reyes) fue la oportunidad que Dios usó para atraerme de nuevo a Él. En medio de todo lo que vivíamos fue cuando mi papá enfermó y a los dos meses partió con el Señor. Fue el golpe más duro que pude recibir. Para mí, él era todo, era mi padre, mi pastor, …. pero me di cuenta que también le tenía como más alto que a Dios mismo. Por eso, cuando él murió, la desesperanza entró en mi corazón y una angustia me sobrecogió y pensaba: “¡Quién me va a defender ahora! ¿A quién voy a acudir?”. Los problemas con mi esposo y con mis hermanos y cuñadas crecían. Recuerdo un día que dejé a mis hijos viendo unos dibujos animados en el salón, entré en mi cuarto y llorando le grité a Dios desde el corazón: “Ya no aguanto más, no puedo vivir más así, ¡me rindo!”. Ahora veo que eran las palabras que Dios estaba esperando oír de mi boca para Él poder actuar.

No sabría decir con exactitud cuándo ocurrió, pero al poco tiempo sentí la necesidad de hablar de todo esto con un pastor. Dios colocó en mi corazón el nombre de dos pastores, uno de ellos era el pastor Luis Nasarre. A él no lo conocía muy bien, sólo había oído algunas cosas que mis padres alguna vez me contaron. Conseguí su número y pudimos concertar una cita en la Comunidad Vida Nueva. Cuando llegamos, pude abrir mi corazón y creo que hablé cerca de dos horas, mi esposo habló algo también (no tanto como yo); pero el pastor Luis en quince minutos nos dio el diagnóstico: habíamos olvidado el temor de Dios, nuestros papeles en el hogar estaban invertidos y teníamos una falta de trato en el carácter. Necesitábamos volver al inicio y empezar de nuevo a vivir el Evangelio que ya había escuchado pero no había querido vivir.

Nos ofreció la oportunidad de ir todos los fines de semana a la Comunidad y recibir un discipulado. Esto implicaba dejar nuestros ministerios y servicios en la iglesia. Mi esposo siempre dice que, para él, esta decisión fue fácil porque él quería huir de Vitoria, pero a mí me costó más. Era empezar a vencer esa máscara de religiosidad e hipocresía y aceptar delante de todos que necesitaba ayuda y que no era tan perfecta cómo yo quería aparentar. Fue gracia de Dios que pudiera obedecer y comenzar a ir los fines de semana a la Comunidad. Al principio nos chocaba ver a personas de la iglesia, que sabíamos que servían y tenían ministerios, salir a los llamados y llorar como si fuesen los mayores pecadores. Seguíamos en nuestro orgullo y superioridad y los veíamos como que “ellos sí que hacen las cosas mal”. Pero día a día, Dios fue rompiendo la dura coraza que había en mi corazón y empecé a darme cuenta de lo que realmente había allí dentro. Comencé a sentir una vergüenza terrible al ver mi corazón tan sucio, desordenado y lleno de basura, pero Dios con Su infinito amor y misericordia pero también con Su firmeza, me hizo ver cada uno de mis pecados y me dio la oportunidad de arrepentirme. Pero esto no sólo se quedó en algo interno, sino que tenía que exteriorizarse y fue así como aprendí a pedir perdón y a perdonar a mi esposo, a respetarle sin importar si tenía razón o no. Ya ni se me ocurre pensar en la palabra separación, es más, cada día estoy más enamorada de mi esposo cuyo anhelo es parecerse a Jesús. He aprendido a vivir con un espíritu afable y apacible, a corregir a mis hijos con firmeza pero no con brusquedad, a amar a mis hermanos y cuñadas con un amor verdadero, deseándoles lo mejor y sirviéndoles de todo corazón, prefiriéndoles a ellos antes que a nosotros. A los seis meses, Dios nos trajo de vuelta a Vitoria y nos volvió a colocar en los ministerios que teníamos antes en la iglesia, pero veníamos con otro corazón, con otra visión y ahora podíamos servir de corazón sin esperar nada a cambio, sin juzgar a los demás. Y fue así, como con cada paso de obediencia que daba el temor de Dios crecía cada vez más en mi corazón.

Todo ha sido un proceso, no ha sido de la noche a la mañana. Han pasado ya seis años y todavía Dios sigue trabajando en mi vida, mostrándome mi pecado y llevándome al arrepentimiento. Doy gracias a Dios porque me rescató cuando tenía nueve años, pero le estoy infinitamente agradecida porque me dio una segunda oportunidad hace seis años y me cambió la vida. Gracias por mis padres que me enseñaron el evangelio desde pequeña, gracias por mis pastores Luis y Maricarmen que me volvieron a enseñar ese camino, a mi discipuladora que me lleva a la esencia del Evangelio en el día a día en el centro de mi hogar y a cada vida de la Comunidad que se dio y me enseñó con su vida cómo se vive el Evangelio, y cada vez que vamos lo siguen haciendo.

Cada día tengo que recordar que los encuentros con Dios no son hechos aislados que ocurren de vez en cuando, sino que son cada día y es diariamente que tengo que mantenerme en limpieza y muy cerca de Jesús para no volver atrás. Soy muy consciente que a nada que me distraigo o bajo la mirada, mi “antigua Cristina” sale a flote y trae ruina nuevamente a mi vida y a mi casa.

Gracias Jesús por tu rescate porque a ti te costó TODO. De igual manera, yo quiero darlo TODO por servirte, amarte y obedecerte hasta el final. ¡Te amo Jesús!

Comentarios

  1. Gracias Cris. Tenemos un Dios Poderosísimo. Gracias por abrir tu corazón. Toda la Gloria sea para nuestro Amado Dios. Mami

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  2. Muchas gracias Cristina y familia por abrir tanto el corazón!! Sois una familia preciosa y nos encanta estar con vosotros.. que bien has descrito lo que se vive en vida nueva y como Dios obra milagros en vidas que lo desean. Muchas gracias!

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  3. ¿Qué más se puede decir? Es tremendo, realmente leer estas líneas hacen que el corazón se tambalee al oír del poder y la gracia de Dios en vidas que claman: "Ya no aguanto más, no puedo vivir más así, ¡me rindo!". Y Dios responde...
    Muchísimas gracias por contar de una manera tan preciosa y sincera la obra de Dios en tu vida.

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  4. Qué emocionante y preciosa historia. Gracias por dejarnos ver de forma diáfana lo que habéis vivido estos años; me llena el corazón de fe y de gratitud a Dios ver su preciosa paternidad a través de vuestras palabras y vuestras vidas. La verdad es que sois un hogar precioso que refleja la gloria de Dios, y que vuestros hijos son una bendición. Siempre es muy agradable estar con vosotros. Os quiero!

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